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Alfonso Bello
En esto creo
Diputado Federal del PAN
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Elisa Vega Jiménez
La política me disgustaba, me parecía una actividad sucia, denigrante, y muy lejana. Mi intención era ser sacerdote: fui misionero con los salesianos pero al ver las carencias de las comunidades mijes, me salí del seminario y entré a estudiar derecho a la UPAEP; ahí encontré varios amigos del PAN.
En Pagaia fui mandil, y en Cuchés –ahora Nostalgic- mezclaba música. Cuando había fiesta los jueves, de la disco llegaba a la casa, me bañaba y me iba a las clase de siete. Entonces trabajé ahí muy poco tiempo.
No descarto en un futuro buscar una alcaldía, u otro cargo de elección popular. Pero no me quita el sueño, porque no lo estoy planeando ahorita. Cuando en una carrera tú planeas obtener el primer lugar terminas por perder la carrera; ahora me estoy concentrando en mi trabajo de diputado federal.
Soy fiel al PAN, haya triunfos o derrotas, porque sé que muchas campañas son para abrir brecha, y desde que estuve en el juvenil dije “los que estamos ahora tenemos que prepararnos para un día ser gobierno y el tiempo nos ha dado la razón”. De mi generación están Francisco Arrubarrena, Fernando López Rojas, Gerardo Maldonado… Y hay una generación de jóvenes que vamos empujando, como José Antonio Díaz García, Guillermo Velázquez, Felipe Velázquez y José Luis Galeazzi.
Son más desgastantes las elecciones internas que las constitucionales, porque “te das” con tus propios cuates; tienes que visitar a uno por uno para pedirle el voto para la convención, y a muchos ya los fue a ver el otro que también es su amigo. Yo he pasado dos internas.
Entiendo la causa de Marcos, aunque no comulgo con él, ni justifico su lucha armada. Yo fui misionero en muchos lugares donde más tarde hubo levantamientos armados del Ejército Zapatista, donde los sacerdotes se volvieron teólogos de la liberación -cosa con la que no comulgo-, donde hay narcotráfico. Me tocó estar en Chiapas y Oaxaca, y ver toda esa miseria, iba en burro a dar catecismo.
Si hay algo que enferma a la gente después del dinero es la política. Yo veo en mi propio estado a gente enferma de poder -omito nombres-, que se suben a un ladrillo y se marean, y que por llegar más arriba no les importa pasar sobre quien tengan que pasar. Les importa más el poder que el propio dinero, porque el poder les da el dinero. A quienes no les importa estar al final de sus vidas, ser viejos, y siguen aferrados al poder.
En el mundo de los abogados abundan los priistas, y como yo era de los pocos panistas me hacían burla “Pinche panista, nunca vas a ganar”, a mi me daba risa y decía “un día vamos a ganar pero prefiero ser, como decía mi padre: cabeza de ratón que cola de león”.
Hoy día hablar de un político es hablar de alguien corrupto, alguien sucio, mentiroso, que se enriquece a costa de los impuestos, que incluso podría ser un asesino.
En Puebla vivimos un sometimiento del poder legislativo al ejecutivo; no se respeta la división de poderes: se hace lo que el gobernador dice. Hay inexperiencia en el PRI, y no veo quién tenga el peso para establecer una agenda legislativa: la agenda legislativa la marca el gobernador; y el congreso lo único que hace es tapar cosas que no le benefician.
La seguridad en Puebla está cada día peor. El crimen organizado le disparó a mi esposa hace unos meses, y a la fecha no sabemos quienes fueron, a pesar de que hay huellas dactilares -aunque no sé que sea mejor si saber quienes fueron los delincuentes o mejor dejarlo así-. Y pienso, si esto me pasa a mí, que soy un diputado, qué pueden esperar los demás. Me preocupa que las autoridades competentes estén más preocupadas por espiar a los políticos que a los delincuentes.
Mi vicio son las películas y la música; tengo cientos de discos y una muy buena colección de películas -mi esposa se enoja porque los compro a cada rato-. Cuando estoy en Puebla me voy al cine, también me gusta ir a conciertos, he ido al de Pink Floyd, Alan Parson, Roger Waters, también me gusta Metallica, Pantera, Kiss, Madona; las rancheras, el merengue, la salsa. Bailo más o menos bien: me ha tocado enseñarle algunos pasitos de salsa y merengue a las compañeras diputadas.
Cuando tengo algún receso me llevo a mis hijos de pueblito en pueblito hasta Yucatán, hasta Chiapas, me gusta hacer ruta, las culturas maya, azteca… Me llevo muy bien con ellos cuando estoy con ellos, los llevo a algún balneario, al campo. Mi hija tiene 13 y de repente ya no quiere andar conmigo porque se va con las amigas… en cierta forma sí me duele porque los años pasan bien rápido.
Cuando gané la interna mi hijo, que tenía ocho años, me dijo “sabes qué papá, ya no quiero ser tu amigo, porque te vas a ir a México y no te voy a volver a ver”, y remató: “quiero estar solo, por favor sal de mi cuarto”. Fue muy duro conmigo. Cuando gané la constitucional, nos fuimos a celebrar senadores y diputados de todo el estado al Camino Real, y mi hijo no quiso entrar al hotel. Durante esos tres meses de campaña mis hijos se quedaron con mis suegros porque mi esposa me ayudó en la campaña. Me he distanciado mucho de ellos, ha habido ocasiones que no los veo quince días seguidos, o hasta veinte.
A veces pensamos que justicia es aplicar la ley, pero muchas leyes en México son injustas. El caso Marín-Cacho nos enseña que se cometen injusticias en aras de la legalidad. Para mi Justicia es darle a cada quien lo que le corresponde.
Admiro la congruencia de Luis H Álvarez; en la política es bien difícil ser congruente. Cuando le hicieron fraude en Chihuahua, se vino caminando hasta la ciudad de México en una lucha por la democracia, le respondiera la gente o no. Y nadie lo recibió. También admiro a Heberto Castillo, aunque fue de izquierda, por su congruencia. Me parece que es de los buenos hombres de izquierda.
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